¿Introvertida o simplemente necesitas volver a ti?
¿Te ha pasado que después de una reunión, una comida familiar o un evento social llegas a casa y lo único que quieres es estar sola?
No porque te haya caído mal la gente.
No porque estés enojada.
No porque seas antisocial.
Simplemente necesitas silencio.
Quizá también te pasa que, cuando alguien te pregunta algo, necesitas pensarlo antes de responder. O que disfrutas muchísimo una conversación profunda con una persona, pero estar rodeada de muchas conversaciones al mismo tiempo termina agotándote.
Y entonces alguien te dice:
"¡Ay, eres muy seria!"
"Tienes que soltarte más."
"¿Por qué no eres más sociable?"
Y quizá durante años pensaste que había algo que cambiar en ti.
Pero… ¿y si no?
¿Y si simplemente tienes una orientación más introvertida?
¿Qué es la introversión?
Desde la mirada de Carl Jung, introversión y extroversión son dos orientaciones fundamentales de la energía psíquica.
Una persona con una orientación más extrovertida tiende a dirigir su atención hacia el mundo exterior: las personas, los acontecimientos y la acción.
La persona con una orientación más introvertida tiende a dirigir una mayor parte de su atención hacia su mundo interno: pensamientos, emociones, imágenes, percepciones y significados.
Y algo importante:
todos tenemos ambas posibilidades.
No somos cien por ciento introvertidos o cien por ciento extrovertidos. Lo que suele cambiar es cuál de estas orientaciones nos resulta más natural.
Por eso, una persona introvertida puede hablar frente a cientos de personas, dirigir una empresa, tener muchos amigos o disfrutar una fiesta.
La diferencia puede aparecer después:
necesita regresar hacia adentro para recuperar su energía.
Silencio.
Soledad.
Una caminata.
Un libro.
Una conversación profunda.
Un rato sin celular.
No necesariamente está huyendo de los demás.
Está regresando a sí misma.
Introversión no es timidez
Esta diferencia es fundamental.
La timidez puede estar relacionada con inseguridad, temor a ser juzgada o dificultad para desenvolverse socialmente.
La introversión no necesariamente tiene que ver con miedo.
Una persona introvertida puede ser segura de sí misma y, aun así, necesitar espacios de soledad después de mucha interacción.
Por eso, quizá la pregunta no sea:
“¿Por qué no me gusta estar todo el tiempo con gente?”
Sino:
“¿Realmente no me gusta la gente o simplemente necesito espacios para volver a mí?”
Y aquí comienza algo todavía más interesante: lo que sucede cuando llegamos a la segunda mitad de la vida.
Cuando mirar hacia dentro se convierte en una necesidad
Después de los 45, muchas personas comienzan a vivir una etapa diferente.
Durante la primera mitad de la vida estuvimos muy ocupados construyendo:
la profesión, la pareja, la familia, la casa, los hijos, el trabajo y todas las responsabilidades que vinieron con ellos.
Y muchas veces también construimos una identidad basada en lo que los demás necesitaban de nosotros.
Pero llega un momento en que algunas de esas estructuras cambian.
Los hijos crecen.
El trabajo se transforma.
La pareja entra en otra etapa.
Nuestros padres envejecen.
Nuestro cuerpo cambia.
Y aparece una pregunta que quizá habíamos mantenido en silencio:
¿Y yo qué quiero?
No qué esperan de mí.
No qué debería hacer.
No qué he hecho toda mi vida.
¿Qué quiero yo?
Tal vez no te estás volviendo antisocial
Con los años podemos comenzar a seleccionar con mayor cuidado dónde ponemos nuestra energía.
Ya no queremos estar en todas las reuniones.
Ya no necesitamos agradarle a todo el mundo.
Preferimos una amistad verdadera a veinte conocidos.
Una conversación profunda a una noche entera de conversaciones superficiales.
Y quizá empiezas a decir:
"Hoy prefiero quedarme en casa."
Antes eso te preocupaba.
Ahora te da paz.
Tal vez no estás perdiendo interés en los demás.
Tal vez estás ganando interés en ti.
Desde la psicología junguiana, esto puede relacionarse con la individuación: el proceso mediante el cual vamos descubriendo quiénes somos más allá de las expectativas, los roles y las imágenes que hemos construido sobre nosotros mismos.
Y para eso necesitamos mirar hacia dentro.
A veces encontramos cosas hermosas.
Y otras veces encontramos partes de nosotros que habíamos escondido.
La mujer que siempre fue “la fuerte” descubre que está cansada de serlo.
La persona que siempre decía “sí” empieza a decir “no”.
Quien durante años buscó aprobación comienza a preguntarse:
“¿Qué quiero yo, aunque nadie más lo apruebe?”
Eso también es madurar.
Eso también es conocerse.
Tu introversión puede ser una fortaleza
Vivimos en una cultura que muchas veces premia lo visible:
Habla más.
Participa.
Haz networking.
Sé sociable.
Contesta rápido.
Hazte notar.
Pero la profundidad también tiene un valor.
La persona introvertida puede aportar observación, reflexión, escucha, sensibilidad y capacidad para encontrar significado.
Por eso, quizá no necesitas convertirte en extrovertida.
Necesitas aprender a utilizar tus propias fortalezas.
Desarrollar nuevas capacidades no significa creer que hay algo defectuoso en tu manera natural de ser.
La madurez no consiste en vivir únicamente desde nuestra zona cómoda.
Consiste en ampliarnos sin dejar de ser nosotros mismos.
Una pregunta para ti
La próxima vez que sientas ganas de estar sola, antes de pensar:
“¿Qué me pasa?”
prueba preguntarte:
“¿Qué me está pidiendo mi mundo interior?”
Quizá necesites descansar.
Quizá necesites silencio.
Quizá necesites pensar.
Quizá necesites crear.
Quizá necesites simplemente estar contigo.
Porque estar sola no significa necesariamente estar desconectada.
A veces significa exactamente lo contrario: estar profundamente conectada contigo.
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