¿Por qué algunas personas funcionan tan diferente a ti?
¿Te ha pasado que tú quieres resolver un problema ¡YA! y la otra persona necesita pensarlo durante días?
¿O que tú necesitas hablar para aclarar lo que piensas y alguien más necesita quedarse en silencio antes de decir una palabra?
Tú quieres avanzar.
La otra persona quiere analizar.
Tú necesitas hablarlo.
La otra persona necesita pensarlo.
Y entonces aparece esa frase que tantas veces hemos escuchado:
“Es que no te entiendo.”
Pero… ¿y si no es que no se entienden?
¿Y si simplemente funcionan diferente?
Esto es precisamente lo fascinante de los tipos psicológicos de Carl Jung.
¿Qué son los tipos psicológicos?
Cuando hablamos de personalidad solemos pensar en etiquetas: “soy sensible”, “soy racional”, “soy tímida”, “soy sociable”.
Pero Jung propuso algo mucho más profundo.
En su obra Tipos psicológicos, publicada en 1921, describió diferentes maneras en las que las personas perciben la realidad, procesan la información y toman decisiones.
No todos prestamos atención a las mismas cosas.
No todos procesamos una experiencia de la misma manera.
Y tampoco tomamos decisiones utilizando los mismos criterios.
Por eso, dos personas pueden vivir exactamente la misma situación y interpretarla de maneras completamente diferentes.
Y ninguna necesariamente está equivocada.
Simplemente están mirando desde lugares distintos.
Primero: ¿hacia dónde diriges tu energía?
Jung diferenció dos grandes orientaciones:
Introversión y extroversión.
No significa simplemente “tímido” versus “sociable”.
Tiene que ver con hacia dónde tiende a dirigirse nuestra energía psíquica.
La persona con una orientación más introvertida suele necesitar volver hacia su mundo interno para procesar lo que vive: piensa, observa, reflexiona y procesa.
La persona con una orientación más extrovertida suele relacionarse de manera más espontánea con el mundo exterior: habla, actúa, interactúa y experimenta.
Ninguna es mejor.
Todos tenemos ambas posibilidades, aunque generalmente una nos resulta más natural.
Y esto ya puede explicar muchas diferencias en nuestras relaciones.
Después vienen cuatro maneras de funcionar
Jung describió cuatro funciones psicológicas:
Pensamiento · Sentimiento · Sensación · Intuición
Y aquí hay algo importante: no significa que unas personas piensen y otras sientan.
Todos pensamos y todos sentimos.
La diferencia está en cuál de estas funciones utilizamos con mayor naturalidad para relacionarnos con la realidad.
Pensamiento: “Necesito entenderlo”
Busca comprender, analizar y establecer relaciones lógicas.
Ante una situación puede preguntarse:
“¿Cuál es la mejor solución?”
Necesita datos, causas, lógica y argumentos.
Sentimiento: “Necesito saber qué significa para nosotros”
Evalúa las situaciones desde los valores, las relaciones y aquello que resulta significativo.
Puede preguntarse:
“¿Cómo va a afectar esto a las personas?”
No significa ser sentimental. Significa considerar qué es importante y qué está de acuerdo con los propios valores.
Sensación: “Dime qué está pasando ahora”
Se relaciona con la información concreta y observable.
Se fija en:
qué ocurrió,
qué se dijo,
qué datos existen,
qué está pasando ahora
y qué puede hacerse concretamente.
Es quien puede decir:
“Vamos a los hechos.”
Intuición: “Aquí hay algo más”
Percibe posibilidades, conexiones, patrones y significados que quizá todavía no son evidentes.
Es quien puede escuchar una historia y pensar:
“No sé por qué, pero siento que aquí hay algo más.”
Mientras la sensación observa lo que está ocurriendo, la intuición puede estar imaginando lo que podría ocurrir.
Y aquí aparece una de las grandes aportaciones de Jung:
No todos percibimos la realidad de la misma manera.
Dos personas pueden entrar a la misma habitación.
Una observa los detalles concretos.
La otra percibe que “aquí hay algo más”.
¿Quién tiene razón?
Las dos.
Simplemente están utilizando funciones diferentes.
¿Y por qué esto importa en nuestras relaciones?
Piensa en una pareja.
Una persona necesita hablar inmediatamente cuando hay un problema.
La otra necesita tiempo.
La primera piensa:
“¡No le importa!”
La segunda:
“¡Me está presionando!”
O quizá uno quiere decidir basándose en los datos, mientras el otro necesita considerar cómo se sentirán todos.
Entonces aparecen las etiquetas:
“Eres demasiado sensible.”
“Eres frío.”
“Eres demasiado complicado.”
“No se puede hablar contigo.”
Pero quizá el problema no sea que uno esté bien y el otro mal.
Quizá simplemente están utilizando funciones psicológicas diferentes.
Lo mismo sucede con nuestros hijos, amigos, compañeros de trabajo y personas que amamos.
Cuando conocemos los tipos psicológicos podemos empezar a hacer algo diferente:
dejar de intentar que el otro funcione como nosotros y aprender a comprender su idioma.
¿Y qué tiene que ver esto con la segunda mitad de la vida?
Muchísimo.
La primera mitad de la vida suele estar enfocada en construir:
una carrera, una familia, una pareja, una identidad y una imagen de quién creemos que debemos ser.
Para lograrlo desarrollamos muchísimo algunas capacidades.
Quizá aprendiste a ser eficiente.
A cuidar a todos.
A resolver problemas.
A trabajar duro.
A adaptarte.
Pero puede llegar un momento en que algo dentro de ti pregunta:
“¿Y qué hay de las partes de mí que nunca desarrollé?”
Aquí los tipos psicológicos pueden convertirse en una poderosa herramienta de autoconocimiento.
Porque quizá has vivido durante años utilizando tus funciones más fuertes y has dejado en segundo plano otras capacidades.
La madurez no consiste en quedarte para siempre en aquello que ya haces bien.
Desde una mirada junguiana, crecer también significa integrar aquello que nos falta.
Si eres muy racional, quizá necesites recuperar el contacto con tus sentimientos.
Si eres muy sensible, quizá necesites desarrollar más capacidad para poner límites y tomar decisiones.
Si siempre estás imaginando posibilidades, quizá necesites aterrizarlas en la realidad.
Si eres extremadamente práctico, quizá necesites permitirte imaginar nuevas posibilidades.
Y si siempre estás hacia afuera…
quizá necesites aprender a escucharte.
Por eso, conocerte no significa decir:
“Yo soy así y punto.”
Significa:
“Ahora entiendo desde dónde funciono… y puedo elegir qué quiero desarrollar.”
Los tipos psicológicos no son etiquetas. Son una invitación.
No se trata solamente de descubrir:
¿Soy pensamiento o sentimiento?
¿Sensación o intuición?
¿Introvertido o extrovertido?
Se trata de preguntarte:
¿Cuál es mi manera natural de funcionar?
¿Y qué ocurre cuando me encuentro con alguien que funciona completamente diferente?
Porque quizá la persona que más te desespera también tenga algo que tú necesitas aprender.
La persona que te parece demasiado lenta puede enseñarte a esperar.
La que te parece demasiado emocional puede enseñarte a conectar.
La que te parece demasiado racional puede ayudarte a poner orden.
La que nunca deja de imaginar puede abrirte a posibilidades que no habías visto.
Y quizá ahí esté uno de los regalos más grandes de conocer los tipos psicológicos:
dejar de intentar cambiar al otro y empezar a comprenderlo.
Una última pregunta
¿Qué pasaría si en lugar de preguntarte:
“¿Qué está mal conmigo?”
empezaras a preguntarte:
“¿Cómo funciono naturalmente?”
Y después:
“¿Qué puedo aprender de las personas que funcionan diferente a mí?”
Ahí comienza un camino mucho más interesante que el de ponernos etiquetas.
Comienza el autoconocimiento.
Y quizá también una nueva manera de relacionarnos.
Porque entender nuestros tipos psicológicos no solamente nos ayuda a conocernos.
Nos ayuda a comprender mejor a quienes amamos.
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Porque muchas veces creemos que tenemos un problema con alguien…
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